Discernimiento: ¿Cómo Tomar Decisiones con Criterio & Claridad?

"I. The art of discernment"


¿Cómo es vivir con discernimiento en la vida cotidiana?, imagina a una mujer tendida entre hojas secas, mirando al cielo en actitud contemplativa. Esto simboliza la actitud reflexiva necesaria para practicar el discernimiento en la vida diaria. El discernimiento se define como la capacidad de evaluar las cosas con claridad y profundidad antes de actuar. En la práctica, implica detenerse a comprender todos los elementos de una situación, analizarlos objetivamente y decidir en consecuencia. Vivir con este nivel de conciencia significa que, a cada momento, tratamos de alinear nuestras acciones con lo que realmente valoramos y entendemos, evitando reacciones automáticas o impulsivas. Esto exige un ejercicio constante de lucidez y juicio crítico en aspectos emocionales, racionales, éticos, sociales y existenciales del día a día.

Dimensión emocional

El discernimiento requiere integrar la inteligencia emocional: conocer y regular nuestras propias emociones para decidir con serenidad. Como señala la pedagogía de la prudencia, esta virtud “implica el dominio de las reacciones y emociones” al tomar decisiones. En la vida cotidiana, eso significa, por ejemplo, reconocer cuándo una emoción fuerte (ira, miedo, tristeza) puede nublar el juicio y, en su lugar, calmarse momentáneamente para analizar la situación. Según expertos en psicología, la razón y la emoción no son polos opuestos sino complementarios; para actuar coherentemente con nuestros valores debe existir “un equilibrio entre ambos procesos”. Así, las emociones nos alertan sobre lo que nos importa y nos motivan, pero la parte racional debe interpretarlas para evitar decisiones precipitadas. En la práctica, escuchar las propias “sensaciones interiores” puede servir de guía: por ejemplo, si una elección genera energía y alivio en lo profundo (más calma, motivación) en lugar de angustia, es señal de que va en consonancia con nuestros intereses.

Dimensión racional

El discernimiento también exige pensamiento crítico y análisis objetivo. La ciencia del comportamiento nos explica que la mente tiene dos sistemas de pensamiento: el Sistema 1, rápido e intuitivo (ligado a emociones y hábitos), y el Sistema 2, más lento, deliberativo y analítico. Vivir con discernimiento significa aprender a activar el Sistema 2 cuando es necesario: examinar la información disponible, cuestionar sesgos y evitar conclusiones precipitadas. Por ejemplo, ante una decisión compleja uno debe evitar atenerse a la primera impresión intuitiva y repasar los pros y contras. Según Kahneman, en el día a día el Sistema 1 genera intuiciones automáticas, pero “también genera intuiciones erróneas” con consecuencias a veces graves; por eso es preciso esforzarse en la atención y el razonamiento deliberado. Sin embargo, este proceso no siempre es fácil: el exceso de información actual puede saturar la mente («infoxicación») y conducir a lo que se llama “parálisis por análisis”. En la práctica, aplicamos el discernimiento racional filtrando fuentes confiables y comprobando hechos antes de formarnos una opinión. Cuando es posible, contrastamos puntos de vista y dejamos pasar el tiempo necesario para pensar, evitando decisiones impulsivas (por ejemplo, no comprar el primer carro que vemos sino revisar opiniones y costos). La claridad lógica en los argumentos cotidianos (leer, escribir, preguntar) es parte esencial de este proceso.

Dimensión ética y moral

El discernimiento está íntimamente ligado a vivir de acuerdo con principios éticos propios. En términos de virtudes clásicas, equivale a practicar la prudencia: reflexionar antes de actuar para elegir el bien. Como observa un comentarista sobre la prudencia, “la mayor parte de nuestros desaciertos en las decisiones […] se deriva de la precipitación, la emoción, una percepción equivocada de la realidad o la falta de información”. Por el contrario, la prudencia nos impulsa a tratar a los demás con justicia y respeto: “el valor de la prudencia nos hace tener un trato justo hacia los demás y edifica una personalidad segura, capaz de comprometerse […] generando confianza y estabilidad”. En la vida cotidiana, esto puede reflejarse en elegir palabras cuidadosas en conversaciones delicadas, ser coherentes con promesas hechas o confesiones hechas. Por ejemplo, antes de criticar a alguien podemos pausar para asegurarnos de entender la situación completa y no herir innecesariamente. Así, el discernimiento ético une nuestros valores internos con nuestras acciones diarias: un individuo prudente no solo evita acciones negativas (por ej., no difundir chismes perjudiciales) sino que también actúa positivamente cuando es oportuno (por ej., defiende lo correcto sin provocación). En suma, vivir con discernimiento ético construye una brújula interna que guía cada decisión hacia lo que consideramos justo y valioso, reduciendo el arrepentimiento y manteniendo la integridad personal.

Dimensión social

El discernimiento también incide en cómo nos relacionamos con otros. A nivel interpersonal, saber escuchar y empatizar son formas de discernimiento social: evaluar con claridad no solo nuestros intereses, sino también comprender los de los demás antes de responder. Por ejemplo, en un conflicto familiar, una persona con buen discernimiento emocional-racional evitará reaccionar de forma impulsiva y primero intentará entender la perspectiva ajena. La prudencia social implica “expresar las palabras que son, en los momentos que son” para no dañar relaciones. En la práctica, esto puede ser esperar el momento adecuado para plantear un tema delicado, o callar cuando hablar sería contraproducente. Además, el discernimiento social nos lleva a buscar consejo y feedback: consultamos a amigos de confianza o mentores para contrastar nuestro punto de vista (paso 4-5 del método ignaciano). Según expertos, “sentir nuestros estados emocionales” propios y de los demás nos da “flexibilidad de respuesta” en interacciones complejas. En otras palabras, discernir en lo social significa combinar la empatía con la reflexión: entendemos qué es importante para los otros (lo que sienten y esperan) y luego elegimos la acción o palabra que promueva una convivencia sana. El resultado es construir relaciones basadas en la confianza mutua y la comunicación efectiva, ya que quienes practican el discernimiento suelen generar un trato “justo […] de confianza y estabilidad” en su entorno.

Dimensión existencial y propósito vital

Finalmente, el discernimiento se extiende al sentido de la vida y propósito personal. Tomar decisiones fundamentadas nos ayuda a dirigir la vida hacia metas auténticas. Filósofos y psicólogos como Viktor Frankl destacan que somos seres libres de elegir nuestra actitud y destino. Según Frankl (logoterapia), “la libertad de elección y la responsabilidad personal son principios que empoderan a las personas para vivir de acuerdo con sus valores y creencias”. Es decir, a través del discernimiento descubrimos qué queremos realmente y asumimos responsabilidad por ello. En la vida cotidiana esto puede significar plantearse preguntas profundas –¿Qué me apasiona en verdad? ¿Qué le da sentido a mi tiempo?– y luego alinear nuestras decisiones (profesionales, familiares, morales) con esas respuestas. Cuando vivimos con claridad sobre nuestros valores fundamentales, cada decisión, por más trivial que parezca, se orienta hacia un objetivo de vida coherente. Como enseñaba Frankl, esa búsqueda de sentido —al elegir nuestros fines personales— “proporciona dirección y propósito a nuestras acciones”. En la práctica, una persona con discernimiento existencial puede rechazar oportunidades tentadoras que estén en conflicto con su ética o bien invertir tiempo en causas que resuenan con su vocación. En suma, esta dimensión nos conecta con nuestra autenticidad: vivimos el día a día conscientes de que construimos, paso a paso, la vida que queremos tener, en concordancia con nuestro proyecto vital más profundo.

Ventajas de vivir con discernimiento

Mejora de las decisiones: Tomar más tiempo para analizar reduce errores graves. Se eligen opciones más acertadas y consistentes con nuestros fines. Por ejemplo, evaluar bien la elección de carrera, finanzas o parejas puede traer beneficios duraderos.

Bienestar emocional: La coherencia entre emociones y valores reduce el estrés y la culpa. Al actuar de forma consciente, disminuye la ansiedad por pensar “qué hubiera pasado si…”. Este estado sereno es reforzado por la estabilidad interna que produce seguir principios claros.

Relaciones interpersonales sólidas: La prudencia y empatía mejoran la convivencia. Comunicar con tacto y en el momento adecuado fortalece lazos; los demás perciben respeto y confianza cuando actuamos reflexivamente.

Integridad ética y sentido: Vivir alineados con nuestros valores personales genera un sentido de propósito. Como indica Frankl, la libertad de vivir “de acuerdo con sus valores y creencias” da motivación y coherencia a la vida.

Productividad y enfoque: Al filtrar información irrelevante y fijar prioridades (saber distinguir lo urgente de lo importante), optimizamos tiempo y recursos. Esto ayuda a concentrarnos en metas significativas, aumentando la eficacia en lo cotidiano.


Desafíos y obstáculos

Parálisis por análisis: Pensar demasiado puede bloquear la acción. Como advierten expertos, el exceso de información e ideas puede llevar a “dejar de actuar […] por un exceso de pensamientos reflexivos”. En la práctica, ello puede causar indecisión o dilación («infoxicación»), y con frecuencia genera ansiedad por el temor a equivocarse.

Esfuerzo cognitivo y fatiga: Mantenerse siempre crítico es demandante. El discernimiento constante requiere energía mental; por eso, sin descansos regulares se puede agotar la atención y la voluntad. Aprender a reconocer cuándo basta (cuando “descansar la mente” es necesario) es parte del reto.

Conflictos emocionales: A veces, actuar con prudencia significa posponer deseos inmediatos, lo cual puede generar tensión interna (por ejemplo, renunciar a algo placentero en pro de un valor). Además, equilibrar emoción y razón no siempre satisface por completo: decidir racionalmente puede dejar insatisfechos impulsos intensos, y viceversa.

Presión social: Un estilo de vida reflexivo puede chocar con entornos que premian la inmediatez o la obediencia ciega. Quienes dan prioridad al discernimiento podrían sufrir incomprensión o resentimiento de personas más impulsivas, lo que exige firmeza en la convicción personal.

Sesgos cognitivos persistentes: Por más claro que uno intente pensar, la mente humana tiene tendencias (como el optimismo irracional o la conformidad grupal) que pueden distorsionar el juicio. Parte del desafío del discernimiento es reconocer estas trampas y corregirlas, tarea que requiere vigilancia continua (por ejemplo, dudar de intuiciones fáciles y pedir contrapruebas).


En resumen, vivir anclado en el discernimiento significa practicar un equilibrio constante entre emoción y razón, actuar con coherencia ética y mantener un propósito claro. Aunque exige esfuerzo y puede presentar obstáculos (como la sobrecarga de información o la posible lentitud en decidir), sus beneficios abarcan mejores decisiones, relaciones más sanas, mayor estabilidad emocional y un sentido vital más sólido. Adoptar esta forma de vida equivale a tomarse un momento para respirar y pensar antes de cada paso, de modo que cada acción esté verdaderamente alineada con lo que consideramos correcto y significativo.

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